El cine vuelve a poner en primer plano una problemática que atraviesa a numerosas comunidades rurales argentinas. El próximo 7 de septiembre, a las 18, se proyectará en Necochea, Una canción para mi tierra, documental dirigido por Mauricio Albornoz Iniesta que aborda el conflicto generado por las fumigaciones con agroquímicos en las proximidades de escuelas rurales.
La película, producida entre Argentina, Alemania y Colombia, tiene una duración de 96 minutos y sigue la historia de Ramiro Lezcano, un maestro de música que, al advertir la preocupación existente en su comunidad por las fumigaciones cercanas a las escuelas, decide transformar esa inquietud en una experiencia artística y educativa.
La propuesta parte de una idea sencilla pero potente: hacer de la música una herramienta de expresión frente a un problema ambiental. Junto a los chicos y chicas de las escuelas rurales, Lezcano compone canciones que hablan de las fumigaciones, la contaminación y otras problemáticas vinculadas al deterioro del ambiente. Pero el camino no resulta sencillo: el proyecto se encuentra con resistencias dentro de comunidades atravesadas por un modelo productivo del que dependen numerosas familias.
Uno de los aspectos centrales del documental es precisamente la mirada desde las escuelas. La película se desarrolla alrededor de comunidades educativas rurales de Córdoba y Santa Fe, donde la preocupación por las consecuencias ambientales convive con la actividad agropecuaria.
El tema no es ajeno a la investigación académica. Un trabajo publicado en Cuadernos de Antropología Social, alojado en el repositorio del CONICET, analiza específicamente las experiencias de docentes rurales involucrados en reclamos frente a fumigaciones con agroquímicos en el entorno de sus escuelas y señala la conformación de redes de docentes que comenzaron a organizarse alrededor de esta problemática.
En ese contexto, Una canción para mi tierra elige correrse de un formato exclusivamente testimonial para contar el conflicto a través de la música, la educación y la participación de los propios estudiantes. La película muestra cómo una problemática ambiental puede convertirse también en una experiencia colectiva de aprendizaje y organización.
El proyecto que dio origen al documental está relacionado con “Canciones Urgentes para mi Tierra”, una iniciativa impulsada por Ramiro Lezcano que propone trabajar las problemáticas ambientales desde las escuelas rurales a través de la creación musical. Según la información de la producción, la experiencia involucró a comunidades educativas de localidades como San Marcos Sud, Saira, Chilibroste y Justiniano Posse, en Córdoba, y Bouquet, en Santa Fe.
Ante la dificultad para hacer visible el reclamo, la historia toma un giro particular. Lezcano decide llevar el mensaje fuera de las aulas y propone organizar un “Woodstock ambiental”, un gran encuentro musical en pleno campo capaz de reunir a artistas, estudiantes y comunidad alrededor de la problemática.
La idea de utilizar un concierto como herramienta de concientización atraviesa buena parte de la película y permite que el reclamo ambiental encuentre un lenguaje diferente. El festival deja de ser solamente una meta artística para convertirse en una forma de amplificar las voces de quienes sienten que sus preocupaciones no siempre encuentran espacio en los medios o en las discusiones públicas.
Y allí aparece uno de los grandes atractivos de la producción: la participación de reconocidos músicos de la escena argentina y latinoamericana. La película cuenta con la presencia especial de León Gieco, Lito Vitale, Gustavo “Chizzo” Nápoli, Mavi Díaz, Andrea Echeverri y Héctor Buitrago, quienes se suman a una historia en la que la música funciona como vehículo para hablar de territorio, ambiente, educación y participación comunitaria.
La participación de artistas de semejante trayectoria no aparece solamente como un atractivo para el público cinematográfico: refuerza la idea de que una problemática surgida en una escuela rural puede trascender las fronteras de esa comunidad y encontrar eco en escenarios mucho más amplios.

Antes de llegar a las salas argentinas, Una canción para mi tierra tuvo un recorrido internacional significativo. La película fue presentada en festivales de distintos países y obtuvo reconocimientos vinculados tanto con su calidad cinematográfica como con su temática ambiental y social.
En el Festival de Biarritz América Latina 2024, obtuvo el Premio del Público en la competencia de documentales. También recibió reconocimientos en el Festival de Cine de Derechos Humanos de Nápoles, el Rock This Town Film Festival y el Ecozine Film Festival, donde obtuvo el premio a Mejor Largometraje Internacional, de acuerdo con la información de distribución de la película.
Otro de los reconocimientos destacados llegó en 2025, cuando la producción fue distinguida por la Green Film Network como mejor película ambiental. La propia producción señala además que el documental ya pasó por más de 30 países y acumuló más de 20 premios en su recorrido internacional.
El interés que generó la obra también llegó al ámbito institucional argentino. En 2026, un dictamen de la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados propuso declarar de interés de la Honorable Cámara al largometraje, destacando su valor artístico, pedagógico y socioambiental y su proyección internacional.
Aunque la historia narrada por Albornoz Iniesta se desarrolla principalmente en comunidades rurales de Córdoba y Santa Fe, el debate que plantea no queda limitado a esas provincias.
La presencia de actividades agrícolas intensivas y el uso de productos fitosanitarios forman parte de discusiones que atraviesan distintos territorios rurales y periurbanos del país. En ese escenario, uno de los puntos de mayor sensibilidad es precisamente la cercanía entre áreas productivas y espacios donde permanecen diariamente niños, docentes y trabajadores.
La película no pretende ofrecer una discusión técnica sobre los agroquímicos, sino poner rostros, voces y canciones a un conflicto ambiental. Su apuesta consiste en mostrar qué ocurre cuando una comunidad educativa decide preguntarse por el ambiente que la rodea y encuentra en el arte una forma de expresar sus preocupaciones.
En Necochea, una ciudad estrechamente vinculada con la actividad agropecuaria y con una amplia zona rural en su entorno, el tema adquiere además una particular resonancia. La proyección puede funcionar así no sólo como una propuesta cinematográfica, sino también como una oportunidad para abrir una conversación sobre producción, ambiente, escuelas rurales y salud comunitaria.