La primera noche de desfiles del Carnaval de Río de Janeiro transformó el Sambódromo en un cauce de luz, música y emoción que parecía no tener orillas. Desde temprano, una marea humana avanzó por las avenidas cercanas al Sambódromo de la avenida Marquês de Sapucaí, envuelta en lentejuelas, coronas improvisadas y banderas de escuelas de samba que ondeaban como estandartes de una batalla festiva.
En el aire flotaba una mezcla de perfume, sudor y pólvora de fuegos artificiales, mientras los vendedores ambulantes ofrecían refrescos y bocadillos al ritmo de los primeros tambores que anunciaban el inicio de la gran noche. Cuando se apagaron las luces de las tribunas por un instante y se escuchó el rugido de la batería inaugural, la avenida se convirtió en un escenario gigantesco donde cada paso era una declaración de identidad.
El carnaval carioca volvió a demostrar que no es solo un espectáculo, sino una narración colectiva que une historia, política, memoria popular y esperanza.

La encargada de abrir la noche fue la escuela Acadêmicos de Niterói, que regresó al Grupo Especial con un desfile marcado por la fuerza de su mensaje social. Su enredo, dedicado a la trayectoria del presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva (presente en un palco), recorrió episodios de la infancia humilde del líder político, su paso por el sindicalismo y su llegada al poder. Carros alegóricos gigantescos mostraban escenas de fábricas, barrios obreros y plazas populares, mientras cientos de bailarines vestían trajes que mezclaban símbolos del nordeste brasileño con colores intensos de rojo y dorado.
El público respondió con aplausos largos y cánticos que se confundían con el samba-enredo, convirtiendo la Sapucaí en un coro multitudinario. Tras ese inicio cargado de significado político, la avenida se tiñó de arte y metamorfosis con la llegada de Imperatriz Leopoldinense. Su desfile fue un homenaje a la libertad creativa ya la figura del cantante Ney Matogrosso, icono de la música brasileña. Plumas gigantes, máscaras brillantes y coreografías audaces evocaron la idea del camaleón, capaz de transformarse sin perder su esencia.
En barrios como Lapa, Copacabana y Santa Teresa, los blocos callejeros llenaron las calles de música y disfraces improvisados. El eco de los tambores de la Sapucaí se mezclaba con guitarras, silbatos y risas, creando una sinfonía urbana que se extendía por avenidas y plazas. Río de Janeiro se transformó, una vez más, en un gran escenario sin techo.__IP__
La primera noche de desfiles dejó claro que el Carnaval 2026 será grabado por su diversidad temática y por la intensidad emocional de sus presentaciones. Entre homenajes políticos, tributos artísticos y celebraciones de la herencia afroindígena, la Sapucaí fue testigo de un mosaico de identidades que definen al Brasil contemporáneo. No hubo un solo tono dominante: hubo drama, belleza, crítica social y poesía visual.
Mientras las luces se apagaban y los últimos componentes abandonaban la avenida, el público salía con la sensación de haber participado en algo más que un concurso ya que había asistido a un relato vivo del país, contado con plumas, tambores y pasos de samba. La madrugada encontró a Río cansada pero feliz, con el corazón aún vibrando al compás de la batería y así, entre el cansancio y la euforia, la ciudad se preparó para las próximas noches de desfile,sabiendo que el carnaval apenas había comenzado y que todavía quedaban muchas historias por bailar en la avenida