Cuenta Quentin Tarantino que, cuando termina un guion, va a su sala de música. Allí, rodeado por su numerosa colección de discos, ordenada por estilos, busca el elemento catalizador: las canciones, las piezas instrumentales que acompañarán a las secuencias. Resulta esencial, desde luego, la música del inicio, que determinará el tono y el pulso de la película.

Acompañado por Mary Ramos, la asesora musical de sus producciones, Quentin va detallando sus selecciones. Atención: no se trata de sugerencias, grabaciones que se colocan de forma temporal hasta que un compositor profesional haga su trabajo o aparezca algún tema accesible. Tarantino quiere esos títulos y se llevará un disgusto si no se consiguen los derechos. Musicalmente, es omnívoro, así que no tiene inconveniente en utilizar temas de películas ajenas. Como muestra en Había una vez en Hollywood hay una melodía de Maurice Jarre sacada de El juez del patíbulo, de John Huston, o artistas identificados con otros territorios del cine, como pasa con I Cantori Moderni di Alessandroni, octeto vocal que colaboró con Ennio Morricone.

En su nueva obra, el principal hilo conductor de la música es la emisora KHJ, muy popular en el periodo de tiempo en el que se desarrolla la acción. La llamada Boss Radio pasaba los éxitos del momento, con la particularidad de sumar al Top 100 de Billboard discos únicamente apreciados en la zona de Los Ángeles y algunos caprichos de los locutores. Pensada para gente que se movía en coche, Tarantino coloca así mucho rock con impulso: Bob Seger, los Box Tops, Mitch Ryder, los primeros Deep Purple.

Tarantino se beneficia de vivir cerca de una de las tres tiendas de Amoeba Music, fabulosos almacenes californianos de discos y videos. Situada en Sunset Boulevard, presume de tener la mayor selección mundial de música y cine. Aparte de cliente habitual, Quentin presentó allí algunos de sus lanzamientos.

El equipo del cineasta también indagó entre círculos de fanáticos de la Onda Media y localizó 17 horas de grabaciones de KHJ hechas entre 1968 y 1969: oyentes que registraron programas completos, con las presentaciones de sus locutores, la publicidad, el tiempo. El realizador decidió que eso también entraría en la película: recordaba el impacto del doble LP con las canciones de American graffiti, que incorporaba la voz del muy legendario Wolfman Jack, que incluso aparecía en aquella película de George Lucas.

El director quería ser estricto con la cronología: no suenan canciones posteriores a 1969, aunque Lana del Rey y otras estrellas actuales estaban dispuestas a grabar música exclusiva para la película. También esquiva clásicas obvias: «California Dreamin’», himno inmortalizado por The Mamas & The Papas, está presente pero en la ralentizada lectura del puertorriqueño José Feliciano. Igual ocurre con «The Circle Game», seguramente el primer tema firmado por Joni Mitchell que se difundió fuera del folk.

El film lo animan éxitos de grandes figuras como Joe Cocker, Simon & Garfunkel, Los Rolling Stones, Aretha Franklin, que no fueron puestos en el disco oficial. Por el contrario, Tarantino se deleita en destacar temas de Paul Revere & the Raiders, grupo más identificado con el agreste sonido de garage del Noroeste de Estados Unidos que con el refinado pop de Los Ángeles. Es un guiño para enterados: los Raiders fueron producidos por Terry Melcher, hijo de Doris Day, amigo de Charles Manson y anterior inquilino de la casa de 10.050 Cielo Drive donde Sharon Tate y sus amigos fueron masacrados.

El secreto de Tarantino como selector musical es que domina el canon del pop pero insiste en buscar fuera de lo comúnmente aceptado. Para la fiesta en la Mansión Playboy, recurre a un olvidado grupo comercial, los Buchanan Brothers, alardeando de donjuanismo en «Son of a Lovin’ Man». Redime a Los Bravos de la injusta etiqueta de grupo de un solo éxito al usar su pegadizo «Bring a Little Lovin’».

Con su prestigio y su presupuesto, podría pensarse que Tarantino tiene acceso a toda la música que quiera. Y no. Tras el uso de «Stuck in the Middle With You», de Stealers Wheel, en una escena muy fuerte de Perros de la calle, algunos autores —o sus editoriales— quieren evitar esas manchas indelebles. Quentin reconoció que en Había una vez en Hollywood no pudo conseguir composiciones firmadas por Jimmy Webb o Laura Nyro.

Otros no tienen inconvenientes en verse asociados con momentos de violencia. Es el caso del grupo Vanilla Fudge. Incluso se aceptó que Tarantino hiciera un remontaje de su «You Keep Me Hangin’ On», al servicio de las necesidades cinematográficas. Confiesa Quentin que esa fue uno de los trabajos más gratos que hizo durante una posproducción.

 

Fuente:TN

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