Los Arcade Fire quieren hacer historia en cada concierto. No son de esas bandas que vienen a cumplir con un compromiso. Quieren dejar algo en quienes los van a ver a sus recitales. No es un mensaje desde un púlpito, como los acusan sus detractores, sino más bien buscan provocar una suerte de imanencia, dejar algo atesorado en la gente. Aprendieron de Bowie. Cada acto debe ser una obra de arte, aunque suene ambicioso. El riesgo vale la pena.

Una de las bandas más grandes del mundo tocó en el día uno del festival BUE, donde también brilló la ascendente El Mató un Polícia Motorizado que tocó antes de los canadienses sus canciones de La Síntesis O’ Konor, su último disco. Quienes los vieron, simplemente fueron unos privilegiados. Escuchar a una de las mejores bandas del mundo, en su mejor momento, a pesar de las críticas que obtuvo su último disco Everything now, no es una cosa que pase todos los días. Arcada Fire es lo que se dice un animal de escenario, a pesar de todo la parafernalia conceptual y de marketing que montaron a su alrededor, como el desarrollo de una plataforma falsa de una compañía ficticia llamada Everything Now Co, para promocionar su último trabajo e ironizar sobre el capitalismo.

En vivo no hay fisuras conceptuales porque la realidad del grupo es más potente incluso que su discurso y su ironía fuera del escenario. Todo es más real y más directo, casi como una pelea de box. Así es como se presentan al principio del show. Un presentador rompe con los acordes grandilocuentes de un Beethoven llevado al ritmo de la música disco, en una introducción donde también se cuelan Los Beatles, y presenta al grupo a la manera de una contienda en Las Vegas. Un ring simulado sobre el escenario permite la llegada de la banda por un corredor, con el cantante Win Butler a la cabeza, separados del público por las vallas y transmitido en directo a través de las pantallas.

La canción que da nombre a su último disco, la misma que viene abriendo la gira en todas las ciudades donde tocan, es la que marca el tono bailable de la noche desde el comienzo. “Everything now”, es una canción himno perfecta, imbatible por lo que sugiere dentro de la totalidad de su obra, la efectividad de su estribillo y ese beat irresistible para la pista de baile. Se habló mucho de como la banda se alejó del rock a partir de su disco Reflektor, donde participó Bowie y fue producido por James Murphy de LCD Soundsystem. Si en el nuevo disco profundizan la veta disco, new wave y electropop, en vivo logran que todos sus trabajos tengan una comunión perfecta entre sí. Temas de los orígenes como “Rebellion (lies)” de su primer y oscuro disco Funeral de 2014 y “Neón bible” suenan en sintonía con la bailable “Here comes the nigth time” del álbum Reflector o “Electric blue” del último disco, cantado por Régine Chassagne, como si fuera una suerte de Blondie en el hit “Heart of glass”, pero más performática.

Hay una energía de la banda, a veces de una belleza caótica en ese permanente cambio de roles e instrumentos: pianos, sintetizadores analógicos, timbales, violines, guitarras, batería, bajo, tambores, xilofones, panderetas y saxos, forman el equipamiento del grupo. Win Butler toma el liderazgo subido al parlante, desde donde lanza proclamas en contra de la modernidad, medita sobre la vida y la muerte en una iglesia de neón y hasta puede hablar de suicidios y vidas vacías, mientras suena un beat disco de fondo, gira una bola de espejos, levanta su guitarra en alto por el mango o se sienta al piano para dedicar y recordar la represión policial en el Congreso antes de tocar “The Suburbs”.

En cada respiración musical el grupo exhala una grandiosidad apasionada en todo lo que hace. La banda empuja hacia arriba al público, como una lava de energía musical, en canciones como “No cars go”, “Tunnels”, “Ready to start” y “Power out”, que tienen ese poder épico. El grupo esta convencido que el pop y el ritmo disco más insustancial tocados por una verdadera banda de rock puede salvar vidas, como lo hacen en canciones como “Put your money on me” o “Creature comfort”. En definitiva, más allá de aligerar sus pasos para entrar en la pista de baile global, Arcada Fire se define en esa energía real de la experiencia musical. Hay dos momentos que lo reflejan: cuando el cantante se mete entre el público para cantar “We don´t deserve love” y queda a centímetros del público y cuando terminan de tocar el himno “Wake up” y bajan del escenario como si fueran una pequeña orquesta de Nueva Orleans tocando instrumentos acústicos paseándose al lado de toda la gente en una suerte de desfile final a pie.

En esa sinceridad de dejarse ver a escasos metros reside su fortaleza. Además de sus letras eufóricas, su música tiene el poder de hacer sentir a la gente, que la vida puede ser de otra manera.

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